lunes, 17 de febrero de 2014

LA ENEIDA - LIBROS VII Y VIII: ENEAS Y LOS TROYANOS LLEGAN AL LACIO


LIBRO VII 

LOS TROYANOS EN LACIO

Después de la travesía del inframundo las fuerzas troyanas capitaneadas por el héroe Eneas se dirigían al bosque del Lacio por el que pasaba el famoso río Tíber, el que actualmente cruza la ciudad de Roma. En esas misteriosas tierras vivía Latino, rey de los aborígenes, el pueblo más antiguo de Italia, con la corte en Laurentina (la ciudad de los laureles), situada en la llanura de Laurento. Junto a él gobernaba su mujer Amanta, y eran padres de Lavinia, quien estaba comprometida con Turno, el rey de los rútulos, un pueblo de la región. Sin embargo, se había predicho que la hija de Latino no iba a casarse con Turno, sino con un extranjero.

Los troyanos celebraron una comida pero se quedaron con hambre. Entonces, Eneas recordó que se le predijo que, cuando esto sucediese, llegaría el fin de sus males. Así pues, el comandante mandó cien emisarios a la corte del rey Latino, quien los recibe con hospitalidad. En nombre de Eneas y apoyándose siempre en las advertencias de los oráculos, Ilioneo pidió a Latino unas tierras donde los troyanos pudiesen asentarse. Así, el rey del Lacio reconoció en Eneas al yerno prometido, pidiendo a los troyanos que su caudillo acudiese a palacio para tener una conversación con él.


ENEAS Y EL DIOS-RÍO TÍBER
Bartolomeo Pinelli
1835



LA RAZÓN DE LA GUERRA: LA DISORDIA
DE ALECTO, UNA DE LAS ERINIAS

Pero la diosa que gobernaba el cielo junto a Júpiter, Juno, odiaba desde siempre a los troyanos por no haber recibido de Paris como regalo la famosa manzana de oro empujó a Turno a declarar la guerra a los recién llegados. Juno, con la intención vengativa de causar una guerra que perjudique de manera notoria a los troyanos, envió a Alecto, una de las temibles Erinias que era encargada de castigar los delitos morales sobre todo si eran delitos contra los mismos hombres, para que sembrase la discordia, tomando así las funciones de la diosa Némesis entre los mortales. Con una de sus serpientes, Alecto inyectó la furia en Amata, y ésta se enfrentó con su esposo para que no dé la mano de Lavinia al héroe troyano, sino a Turno. Al ver que Latino no cambiaba de parecer, Amata, valiéndose de todo lo que tenía en su mano, consiguió con la ayuda de otras mujeres latinas esconder a la princesa Lavinia.

Más tarde, Alecto se dirigió a Ardea, la ciudad de los rútulos donde reinaba el gran Turno, y, para suscitar en el monarca un odio sin límites hacia Eneas como usurpador, le hincó otra de sus seprientes, llena de furias. Así pues, Turno decidió entonces enfrentarse con Latino por la mano de Lavinia.

Aún así, el intervencionismo que Juno suscitó no se limito a estas dos acciones, pues Alecto ejerció después su influjo en los perros cazadores de Ascanio, que condujeron a su amo en pos de un ciervo del que era dueño el latino Tirreo. Al enterarse el pueblo latino de dicha falta de respeto, se emprendió una batalla donde caerían las primeras víctimas. Por este motivo, todos los latinos exigieron a su rey que declarase la guerra a los troyanos, pero él continuó resistiendose. Llegarían mientras tanto los aliados, como Lauso, Aventino, Catilo y Camila.

Viendo los exitosos resultados, tanto Alecto como Juno se sintieron extremadamente satisfechas.


LIBRO VIII

ENEAS Y LOS PALANTEOS

Ante esta desdichada situación el dios-río Tíber habló con el héroe troyano para aconsejarlo para el futuro: le recomendaría pues que buscase una alianza con los palanteos, a cuya ciudad podría llegar precisamente siguiendo su curso. Así, Eneas preparó el viaje con detenimiento, reconociendo el buen augurio.

Acompañado por Acates, Eneas llegó a la ciudad justo cuando el rey, Evandro, y su hijo, Palante, estaban ofreciendo mútliples sacrificios a Hércules (Heracles en Grecia). Al ser acogidos, los troyanos pidieron al sobreano una ayuda, una alianza para así hacer frente al pueblo rútulo y vencerlos. Evandro aceptó, viendo que eran ambas naciones descendientes de Atlante: invitó el monarca a Eneas a tomar parte en los sacrificios a Hércules, siendo ésta una forma de aceptación.


VENUS PIDE ARMAS A VULCANO PARA SU HIJO ENEAS

Mientras tanto, Venus, preocupada por el repentino giro de los acontecimientos y por los peligros relativos que se derivarían de ellos, fue a ver a su esposo Vulcano (Hefesto en la Antigua Grecia), dios de la industria. Así, la diosa del amor y la belleza le rogó que fabricase nuevas armas para su amado hijo, al igual que había hecho para Aquiles a petición de su madre Tetis.

El dios acudió a su taller y ordenó a sus ayudantes, los Cíclopes, que interrumpiesen todos los trabajos que tuviesen entre manos para dedicarse enteramente a las armas de Eneas.


VENUS PIDE A VULCANO ARMAS
PARA SU HIJO ENEAS
Anton van Dyck
1630 - 1632
París, Louvre

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